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 La historia de la compañia del Lobo Negro parte I

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Don Alvar García



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MensajeTema: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Mar Feb 26, 2008 2:11 pm

De como se creo la compañia del lobo negro, escrito por Tadeo escudero de Don Alvar García


No se si estas líneas serán alguna vez leídas por alguien, pero al menos es un descanso para mi alma plasmar en este papel lo que mis jóvenes ojos han visto, tanta muerte innecesaria, tanta sangre derramada, tantos lamentos escuchados…
Mi nombre es Tadeo, soy hijo segundón de una familia noble empobrecida, mi infancia la pase entre libros, en el monasterio de Santo Domingo de Daroca.
Me crié en la austera educación monacal entre salmos y mi destino iba a ser el de servir a Dios en el transcriptorum, pero los caminos del señor son inescrutables y en vez de a nuestro Señor Jesucristo al que acabe sirviendo fue al mismísimo hijo de Lucifer encarnado en hombre, el Capitán de la compañía del Lobo negro Don Alvar García, un caballero aragonés cruel y sanguinario.
Cuando yo tenía catorce años, mi padre apareció en el monasterio acompañando al prior, y me dijo que un grupo de caballeros cruzados necesitaban a alguien versado en el don de la lectura y la escritura, y yo era ese alguien. Resignado recogí mis pocas pertenencias y entre a servir como escudero a Don Alvar, aunque aun no era capitán, si no tan solo un pobre caballero, en busca de fama y fortuna.

Comenzare mi relato.
En año mil ciento noventa y ocho de nuestro señor, los reinos cristianos temblaban de nuevo. Una nueva cruzada se estaba gestando y el papa Inocencio III convocaba de nuevo a los soldados de Dios a otra guerra santa.
Su llamada, sin embargo, tuvo poco éxito entre los monarcas europeos. Los alemanes estaban enfrentados al poder papal, en tanto que Francia e Inglaterra se encontraban combatiendo la una contra la otra. Sin embargo, gracias a las encendidas prédicas de Fulco de Neuilly, se organizó finalmente un ejército cruzado en un torneo organizado en Ecri por el conde Tibaldo de Champaña en noviembre de 1199. Teobaldo fue nombrado jefe de este ejército, del que también formaban parte Balduino IX de Hainault, conde de Flandes, y su hermano Enrique; Luis, conde de Blois, Godofredo III de La Perche, Simón IV de Montfort, Enguerrando de Boves, Reinaldo de Dampierre y Godofredo de Villehardouin, entre otros muchos señores del norte de Francia y de los Países Bajos. Más tarde se añadieron a la empresa algunos caballeros alemanes, varios nobles del norte de Italia, como Bonifacio, marqués de Monferrato y por ultimo de tierras aragonesas un grupo de caballeros se unió al o ejército. Entre estos caballeros se encontraba mi señor Alvar García, Don Lazaro de Leyva o el leones Hernan Pacheco.
El primer gran problema que encontramos fue el del transporte, pues carecíamos de una flota para trasladarnos a Oriente y la ruta terrestre era poco menos que imposible a causa de la decadencia del poder bizantino en los Balcanes. Los jefes de la expedición decidieron que se haría un desembarco en Egipto, desde donde se avanzaría por tierra hasta Jerusalén.
En 1201 murió Tibaldo de Champaña, y los cruzados eligieron como nuevo jefe de la expedición a Bonifacio de Monferrato. Éste, firme partidario de los Hohenstaufen, conoció en la corte de Felipe de Suabia a Alejo, hijo del depuesto emperador Isaac II Ángelo, quien deseaba contar con la ayuda de los cruzados para recuperar el trono imperial, que le correspondía por herencia.
Los cruzados aragoneses, apenas tenían fuerza en ninguna de las decisiones tomadas por los poderosos nobles que encabezaban la cruzada, y esto era algo que les preocupaba, pues los días pasaban y no parecía que nunca fuéramos a llegar a tierra santa.
Entretanto, se enviaron mensajeros a Venecia, Génova y otras ciudades para contratar el transporte de la expedición. Uno de los enviados fue el Godofredo de Villehardouin. Finalmente se llegó a un acuerdo con Venecia, en abril de 1201, por el cual la República se obligaba a hacerse cargo del transporte hasta Egipto de un ejército de 33.500 cruzados (junto con 4.500 caballos), a cambio de 85.000 marcos de plata. Cuando llegó el momento de embarcar, en junio de 1202, Nuestro ejército era sensiblemente menos numeroso de lo que habían previsto, y no se pudo reunir la cantidad acordada. Venecia se negó a transportar al ejército a menos que se pagase íntegra la cantidad acordada. Pasamos el verano acampados en la isla de San Nicolás de Lido, sin poder zarpar, hasta que finalmente Bonifacio de Monferrato pudo llegar a un acuerdo con Venecia.
El campamento cruzado era impresionante, los pabellones y las tiendas estaban colocadas en una gran explanada, que parecía no acabarse nunca, de las ciudades venecianas, comenzaron a llegar comerciantes, rufianes y prostitutas, en busca del oro fácil, mostrando sus mercancías como si fueran las más suntuosas sedas.
Mi misión en el campamento era sencilla, vigilar las pertenencias de mi señor y sus amigos mientras ellos se emborrachaban. Don Alvar resulto ser un señor bastante razonable, pese a la primera impresión que me lleve en las lejanas tierras darocense.
Don Lázaro demostró ser un digno compañero en sus correrías nocturnas, el leones Hernán, menos pendenciero y fanfarrón, parecía estudiar siempre su alrededor, como si la cruzada fuera para el una verdadera penitencia.
Los venecianos estaban enfrentados con el rey de Hungría por la posesión de Dalmacia. En el curso de esta guerra, habían perdido recientemente a manos húngaras la ciudad de Zara. Su propuesta fue permitir el aplazamiento del pago de la cantidad que se les adeudaba a cambio de que los cruzados les ayudasen a conquistar esta ciudad. Bonifacio de Monferrato y el dux Enrico Dandolo se pusieron de acuerdo. A pesar del desagrado del Papa, que desautorizó esta expedición, zarpamos de Venecia el 8 de noviembre de 1202, y, dos días después, los cruzados atacábamos Zara, la cual fue conquistada el día 15 del mismo mes.
Mi señor no me permitió participar en la batalla, y me dejo al cuidado del campamento, he de confesar que fue para mi un gran alivio, pues temo el día en el que tenga que alzar mi espada contar un hombre.
El Papa optó por excomulgarnos a todos, lo cual me llenó de pavor, pero Dios en su infinita sabiduría ilumino a su Santidad y rectificó perdonándonos a los cruzados y manteniendo la excomunión sólo para los venecianos.
Mientras invernabamos en Zara, llegó un mensajero de Felipe de Suabia, portador de una oferta del pretendiente al trono bizantino, Alejo. Si el ejército cruzado se desviaba hasta Constantinopla y le ayudaba a reconquistar su trono, Alejo no sólo estaba dispuesto a garantizar el pago de la deuda que los cruzados habían contraído con Venecia, sino que además se comprometía a aportar a la cruzada un contingente de 10.000 soldados, así como fondos y provisiones para emprender la conquista de Egipto.
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Don Alvar García



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MensajeTema: Parte II   Mar Feb 26, 2008 2:11 pm

Tanto Monferrato como Dandolo aceptaron el cambio de planes.
Este fue un momento crucial para la creación de nuestra compañía, algunos cruzados se opusieron, arguyendo que si habían emprendido la cruzada era para luchar contra los musulmanes, abandonaron el ejército y se embarcaron hacia Siria. Pero la mayoría, sin embargo, optaron por continuar, entre los que se quedaron se encontraban mi señor y sus amigos.
Algunos de los cruzados que partieron, licenciaron a sus tropas mercenarias, dada la imposibilidad de transportarlas asta tierra santa, y Don Alvar, aprovecho ese momento de incertidumbre de los soldados, para ofrecerles entrar bajo su servicio, avalando con sus propias tierras, si el botín no era suficiente para cubrir los gastos de las soldadas.
Las tropas aceptaron con ciertas reticencias, estaban compuestas en su mayoría por infantes ligeros y ballesteros. Cabe destacar entre ellos a un oscuro mercenario alemán Hulrric, el cual enseguida congenio con mi señor y se convirtió en uno de sus más fieles seguidores, siempre a su lado sirviéndole como protector.
El hecho, de reunir a esta pequeña tropa hizo que los caballeros aragoneses cobraran mayor importancia y comenzaran a tener mas peso en las decisiones de la cruzada, pero también creo recelo y desconfianza en otros nobles franceses.
En abril llegó Alejo a Zara, y pocos días después la flota emprendió de nuevo el viaje. El 24 de junio de 1203 nos encontramos ante Constantinopla.
El viaje en barco fue muy duro, apretados como ganado teníamos que aguantar el olor de los hombres, el caballo y la compañía de las ratas.
Algunas enfermedades comenzaron a aparecer a bordo, la incomodidad, la espera, la mala comida y la impaciencia de las tropas hizo que algunas tonterías acabaran en peleas.
Mi señor y sus amigos gozaban de los privilegios de su rango, espacio, tranquilidad, y relativa seguridad, pero una noche en la que Don Alvar caminaba entre la atestada tripulación, un ballestero de su propia tropa oso amonestarle por las condiciones del viaje y discutir con el. La cosa paso a mayores y pude ver impotente, como un brillo a la espalda de mi señor amenazaba con acabar con su vida, entre toda la multitud otro ballestero saco su puñal y asesto una tremenda puñalada a la espalda de Alvar, creí verle caer inerte al suelo, pues a bordo no portaba armadura alguna, pero fue el atacante quien murió degollado por el silencioso Hulrric. El suceso acabo con un cruel escarmiento para los amotinados, el cual no me atrevo a describir, tan solo diré que no escuche ninguna protesta en todo el resto del viaje.
Desembarcamos en Gálata y atacamos las ciudades de Calcedonia y Crisópolis, en la costa asiática del Bósforo, Esta vez mi señor me mando que le acompañara al campo de batalla, luchar al lado de gente tan acostumbrada a la muerte, me daba cierta seguridad, pues sus manos no titubeaban en la constante tarea de sembrar el campo de batalla de muerte y dolor. Yo no mate a nadie, pero al menos conseguí salir con vida de mis primeras batallas.
Nuestros primeros intentos de conquistar Constantinopla no tuvieron fruto, pero el 17 de julio logramos abrir una brecha en las murallas. Creyendo inminente la caída de la ciudad, el emperador Alejo III decidió huir, llevándose consigo a su hija favorita y una bolsa llena de piedras preciosas, y refugiarse en la ciudad tracia de Mosynópolis. Los dignatarios imperiales, para resolver la situación, sacaron de la cárcel al depuesto emperador Isaac II Ángelo, padre de Alejo y lo restauraron en el trono. Tras unos días de negociaciones, llegaron a un acuerdo con los cruzados por el cual Isaac y Alejo serían nombrados co-emperadores. Alejo IV fue coronado el 1 de agosto de 1203 en la iglesia de Santa Sofía.
Para intentar cumplir las promesas que había hecho a venecianos y cruzados, Alejo se vio obligado a establecer nuevos impuestos. Se había comprometido también a conseguir que el clero ortodoxo aceptase la supremacía de Roma y adoptase el rito latino, pero se encontró con una obstinada resistencia. Confiscó algunos objetos eclesiásticos de plata para pagar a los venecianos, pero no era suficiente. Durante el resto del año 1203, la situación fue volviéndose más y más tensa: por un lado, los cruzados estaban impacientes por ver cumplidas las promesas de Alejo; por otro, sus súbditos estaban cada vez más descontentos con el nuevo emperador. A esto se unían los frecuentes enfrentamientos callejeros entre cruzados y bizantinos.
El yerno de Alejo III, también llamado Alejo, se convirtió en el líder de los descontentos, y organizó, en enero de 1204, un tumulto que no tuvo consecuencias. En febrero, los cruzados dieron un ultimátum a Alejo IV, quien se confesó impotente para cumplir sus promesas. Estalló una sublevación que, tras algunas vicisitudes, entronizó a Alejo V Ducas. Alejo IV fue estrangulado en una mazmorra, y su padre Isaac II murió poco después en prisión.
En marzo, Don Alvar, decidió liquidar toda la fortuna para contratar a nuevos mercenarios locales y crear un fuerza bélica con el cual respaldar su deseo te tomar por la fuerza Constantinopla. Además de los infantes y los ballesteros, contrataron a otro grupo de arqueros mercenarios encabezado y juro por dios que no miento por una mujer, muy diestra en el uso del arco y severa en el mando e sus hombres. Finalmente los cruzados decidieron recuperar la ciudad por la fuerza y a colocar en el trono a un emperador latino, no lograban sin embargo ponerse de acuerdo acerca de quién sería el mejor candidato de entre ellos a ocupar el trono imperial. Bonifacio, el jefe de la expedición, no estaba bien visto por los venecianos. Finalmente se decidió que se formaría un comité electoral, compuesto de seis delegados francos y seis venecianos, que elegiría al emperador.
Atacamos por primera vez la ciudad el 6 de abril de 1204, pero fuimos rechazados con un gran número de bajas. Seis días después reiniciamos el ataque. Conseguimos abrir una brecha en la muralla en el barrio de Blanquerna. Al mismo tiempo, se produjo un incendio en la ciudad, y la defensa bizantina se desmoronó. Los cruzados y los venecianos entramos en la ciudad. Alejo V huyó a Mosynópolis, donde un año antes se había refugiado su suegro, Alejo III. Los nobles ofrecieron la corona a Teodoro Láscaris, yerno también de Alejo III, pero éste la rechazó y huyó a Asia con su familia, el patriarca de Constantinopla y varios miembros de la nobleza bizantina. Se estableció en Nicea, donde fundó el Imperio de Nicea, depositario de la legitimidad bizantina.
La ciudad fue saqueada durante varios días. Del saqueo no se libraron las iglesias ni los monasterios, y en la misma Santa Sofía fueron destruidos el iconostasio de plata y varios libros y objetos de culto.
Pude ver como Don Alvar y sus hombres destrozaron las santas imágenes y arrojaron las sagradas reliquias de los mártires a lugares que me avergüenza mencionar, esparciendo por doquier el cuerpo y la sangre del Salvador.
En cuanto a la profanación de la Gran Iglesia, destruyeron el altar mayor y repartieron los trozos entre ellos, introdujeron caballos y mulas a la iglesia para poder llevarse mejor los recipientes sagrados, el púlpito, las puertas y todo el mobiliario que encontraban; y cuando algunas de estas bestias se resbalaban y caían, las atravesaban con sus espadas, ensuciando la iglesia con su sangre y excrementos.
Una vulgar ramera fue entronizada en la silla del patriarca para lanzar insultos a Jesucristo y cantaba canciones obscenas y bailaba inmodestamente en el lugar sagrado Tampoco mostraron misericordia con las matronas virtuosas, las doncellas inocentes e incluso las vírgenes consagradas a Dios.
Finalmente, se restableció el orden y se procedió a un reparto ordenado del botín según lo que se había pactado previamente: tres octavas partes para los cruzados, otras tres octavas para los venecianos, y un cuarto para el futuro emperador. A pesar de las pretensiones de Bonifacio de Montferrato, el comité eligió emperador a Balduino IX de Flandes, primer monarca del Imperio Latino.
Tras el saqueo, los francos y venecianos se repartieron la ciudad y Mi señor decidió que nos marchamos en busca de fortuna a otro lado.
Los caballeros y los jefes de los grupos mercenarios, se reunieron en el pabellón de Don Alvar, y pasaron largas horas hablando y discutiendo, no pude escuchar casi nada de la conversación, pues Hulrric no dejaba acercarse a nadie, tan solo a algunas sirvientas entraban y salían para traer vino y cerveza.
Poco antes del amanecer el conclave termino e hicieron llamar a todos los hombres del campamento.
Mi señor hablo alto y claro y dijo.
“El botín conseguido en esta plaza es grande y valioso, pero no tenemos que terminar aquí nuestro camino. Tras una larga charla regada en vino y cerveza, hemos decidido unirnos todos en una compañía militar que hará temblar el suelo a su paso.
Juntos saqueamos la mismísimo Constantinopla, el corazón del imperio Bizantino, juntos saqueamos Calcedonia y Crisópolis, y juntos saquearemos la misma Jerusalén, pues nuestras almas las protege Dios y nuestros cuerpos nuestras armaduras.
Ahora somos “La compañía del Lobo negro”, recordad bien ese nombre porque ahora lucharemos todos juntos como una manda haciendo temblar a todo el que tenga el valor de ponerse en nuestro camino”
Recuerdo perfectamente, como los hombres vitorearon a Don Alvar, y como pude sentir en mis huesos la escalofriante sensación de pertenecer a este momento en el que nació “la compañía del Lobo Negro”
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Don Alvar García



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Mar Feb 26, 2008 11:21 pm

El momeno en el que los cruzados entraron en Constantinopla fue inmortalizado por Delacroix

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Monfort



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Miér Feb 27, 2008 4:37 pm

Una pregunta, mi señor don Alvar...

¿Por qué "Compañía del Lobo Negro"? ¿Hay alguna razón simbólica o simplemente el nombre es lo suficientememnte aterrador como para despertar el pánico entre quienes osan enfrentarse a ella?
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Admin
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MensajeTema: buena pregunta y buen óleo   Miér Feb 27, 2008 8:52 pm

Muy buena pregunta, sí señor! Creo que don Montfort no anda muy desencaminado al decir que el nombre acojona sólo con oírlo (un saludo, por cierto).

¡Y muy buen óleo! ¡Delacroix, el visionario!
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http://achamedieval.forospanish.com
Don Alvar García



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Miér Feb 27, 2008 9:37 pm

Son varios los motivos por los que se decidio ese nombre.
Podria decir poeticamente, que los lobos nos acompañaron durante toda la cruzada, unas veces como compañeros y otras como austutos enemigos depredadores.
La temporada que nos pasamos acantonados en tierras venecianas nos hizo enfrentarnos a muchos problemas.
El invierno fue muy duro, mientras los grandes señores pensaban, como transportar el ejercito, y los lobos fueron adquiriendo confianza y acercandose mas por el gran campamento cruzado.
Ofrecimos dinero a algunos cazadores para que nos libraran de esa plaga, pero unos no querian y los que lo hacian no daban a basto.
Decidimos mandar a algunos de nuestros hombres ofreciendoles una recompensa por cada cabeza de lobo y dos de nuestros hombres murieron devorados por una gran manda de lobos, el que parecia el jefe de la manada era un terrible lobo negro inmenso, que parecia tener una inteligencia superior a las de sus compañeros de manada.



Finalmente, organizamos una batida de caza para terminar con esas alimañas y cientos de soldados y caballeros mataron a todos los lobos de los alrrededores.
Nosotros tubimos la suerte o la desdicha de encontrarnos con el jefe de la manada, y lo alanceamos a caballo, pero no parecia querer dejar este mundo, incluso herido de muerte se lanzo contra el caballo de un caballero frances y acabo con su vida, al final uno de los peones que nos seguia, preso del temor lanzo su antorcha a la bestia, la cual estallo en llamas entre aullidos de dolor.

Tambien podria decirte, que es la heraldica de mi escudo, un figura de lobo rampante en sable sobre un fondo gules.
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Monfort



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Miér Feb 27, 2008 10:04 pm

Muchas gracias por las aclaraciones ypor la bienvenida.

A mí, señor Admi, me ocurrió algo parecido cuando escogí el nombre de Monfort como nick. Era un cabrón, un fanático religioso, un arribista y un asesino sanguinario, pero también fue un estratega brillante, un bravo guerrero y la expresión "¡Simón de Monfort se aproxima a la ciudad!" bastaba para que miles de personas saliesen huyendo como del Diablo... affraid

Me gusta, me gusta... jejejeje

Además, el escudo de Monfort no os lo perdáis:



De gules, un león rampante de plata
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Don Alvar García



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Miér Feb 27, 2008 10:48 pm

Tambien para mi Simon de Monfort es un personaje... "entrañable", aunque no se lo que pensaran nuestros vecinos de Oc.
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Monfort



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Jue Feb 28, 2008 11:43 pm

Admin escribió:
Muy buena pregunta, sí señor! Creo que don Montfort no anda muy desencaminado al decir que el nombre acojona sólo con oírlo (un saludo, por cierto).

¡Y muy buen óleo! ¡Delacroix, el visionario!

Frank Miller... otro visionario...

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Don Alvar García



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Vie Feb 29, 2008 12:29 am

preciosa ilustarción y en la pelicula plasmada al detalle.
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Don Alvar García



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Sáb Mar 15, 2008 2:04 pm

Saludos, mi buen lector. Mi nombre es Tadeo y soy el escudero de don Alvar, señor de la Compañía del Lobo Negro. Aquí dejo plasmado un legajo con las venturas y desventuras de la compañía por tierras de sarracenos.

Reunidos los oficiales de la compañía, decidieron que fuéramos por nuestra cuenta a Tierra Santa, bien para ponernos al servicio de los cruzados, bien para saquear las ricas caravanas que, según nos dijeron, se dirigían a comerciar en aquellas tierras.
Cruzamos el estrecho y comenzamos otra larga marcha. Mi señor, en su generosidad, me permitió montar en una de sus mulas de carga, entre sacos y pertrechos, haciendo para mí un poco más cómodo el viaje.
Acampamos frente a una ciudad. Nuestra compañía no era demasiado grande, pero ya había comenzado a atraer a busconas, taberneras y mercaderes, con lo que nos juntábamos más de 70 almas.
Un grupo armado de bizantinos, salió a nuestro encuentro. No se nos permitía entrar en la ciudad, excepto a un pequeño grupo para comprar provisiones y otros útiles que necesitáramos.
La ciudad se situaba en una cuenca fértil en la extremidad oriental del lago Ascanión, rodeada por una cadena de colinas al norte y al sur. El muro oeste que daba sobre el lago, proporcionaba protección contra un posible asedio. Era una fuente de avituallamiento difícil de bloquear. El lago era suficientemente grande para que fuera difícil organizar un bloqueo y la ciudad, bastante importante para dificultar toda tentativa de bloqueo de los barcos con máquinas de asedio desde la costa.
La ciudad estaba completamente rodeada por 5 km de murallas de una altura de 10 m, reforzadas con cien torres. Además, un doble foso protegía las únicas entradas a la ciudad, unas puertas en tres lados.
Entré a la ciudad junto a don Alvar y otros hombres de la compañía. Se parecía mucho a Constantinopla. Por lo que decían, esta ciudad sería ahora la nueva capital del Imperio Bizantino, aquel que nosotros estuvimos a punto de destruir.
Pasamos frente a la iglesia de Santa Sofía, construida por Justiniano I en medio de ciudad, muy similar a la que unos meses antes arrasamos. Por mi mente aún corrían los amargos recuerdos del templo profanado y los inocentes asesinados…
Rogué a mi señor que me permitiera rezar en el sagrado lugar y él me dio permiso, mandándome que sin demora le esperase en la entrada de la ciudad.
Tras poner en paz mi alma, salí junto a don Alvar de la ciudad, con unas mulas repletas de buen vino, abundante comida y todo lo necesario para poder continuar nuestro camino bien abastecidos. Los hombres vitorearon al ver todos esos manjares y por la noche celebramos un banquete, en el que disfrutamos, bebimos, comimos y bailamos.
A la luz de la gran hoguera, don Alvar se levantó y nos dijo cuál era nuestro destino. Seguiríamos a pie por esas tierras, siguiendo una ruta de plazas tomadas y seguras, Antioquia, Trípoli, Tiro, Acre y por fin Jerusalén, esperando encontrar trabajo a cargo de alguno de los señores que gobernaban estas ciudades.
Continuamos la marcha, con la resaca en la cabeza y el agradable recuerdo de las bromas con los camaradas y el sabor del vino en la garganta. El terreno era hostil, cubierto por largos secarrales sin apenas población, ni agua, ni comida. No encontramos ninguna rica caravana, tan sólo pequeños comerciantes, peregrinos cristianos y campesinos.
Cuando por fin divisamos la silueta de Antioquia, me aterroricé, al ver un gran ejército de sarracenos acampado a las puertas de la ciudad. Los caballeros discutieron entre ellos la situación. Don Alvar, apoyado por Ulrich y Berta, quería realizar un ataque aprovechando el factor sorpresa, decía que era seguro obtener un buen botín. Don Lázaro decía que no se nos había perdido nada en ese sitio. Don Hernán prefería mandar mensajeros a la ciudad para conversar con ellos.
La mayoría respaldó la propuesta de este último y finalmente resolvieron enviar los mensajeros. Para ello pensaron en Diego, un joven soldado que servía muchas veces como intérprete a don Alvar. Era alto y delgado y cuando tuve que luchar a su lado observé su compañerismo, cubriendo las espaldas a los suyos.
Diego partió a lomos de un caballo prestado, para intentar adentrarse en la ciudad sin ser interceptado por los árabes.
Pese a que nuestra presencia era evidente, acampamos no muy lejos del enemigo, que nos observaba receloso. Se fortificó el campamento como se pudo y los hombres que no estaban de guardia se reunieron en torno al fuego para beber y charlar. Entonces un gran macho cabrío entró en nuestro campamento como enajenado, desgarrando la pared de algunos pabellones y derribando varias tiendas de campaña. Cuando los hombres se dispusieron a darle muerte, el animal cayó fulminado sin más, con una expresión de paz en sus ojos.
El sacerdote que nos acompañaba dijo que era una señal del Todopoderoso, que Dios estaba con nosotros y ésta era nuestra oportunidad de atacar. La gente se activó y, sin esperar orden alguna, se armó y corrió a atacar el campamento enemigo. Pude ver cómo mi señor montaba a los lomos de su caballo, tan sólo con el gambesón desabrochado y un hacha en la mano. Todos los hombres atacaron como demonios, en un asalto improvisado y casi sádico. El caos se adueñó del ejercito árabe y muchos huyeron en desbandada.
Nosotros saqueamos todo lo que pudimos y no nos retiramos a nuestro campamento hasta que, con los primeros rayos de sol, el enemigo comenzó a reagruparse.
A la mañana ocurrieron muchas cosas. Diego regresó de la ciudad y dijo que allí tan sólo había una pequeña guarnición y no podían pagar nuestros servicios. Los dos campamentos se levantaron, los árabes se fueron por un lado y nosotros, por otro. A medio día, unos nobles de Antioquia quisieron convencer a mi señor para que nos quedáramos a proteger la ciudad, apelando a sus sentimientos cristianos, pero don Alvar apeló al oro y rechazó la oferta.
Cuando acampamos por la noche, vi a Berta, la jefa de los arqueros, despellejando la cabeza del macho cabrío. Esa mujer siempre me pareció misteriosa y, aunque me cueste reconocerlo, tenía algo que me asustaba. Me acerqué a ella y le pregunté qué era lo que quería hacer con la testa de aquel animal. Ella me dijo que la cabeza era la responsable de nuestra victoria, por milagro divino o por azar del destino, y que tendría que convertirse en símbolo de la compañía. Yo no entendí muy bien lo que quería decir, tampoco entendí lo que se proponía al entrar en la tienda de los oficiales con la cabeza en la mano. Pero a la mañana siguiente todo se aclaró, cuando vi ondeando el estandarte de la compañía, acompañado por la cabeza del carbón milagroso.
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Naule



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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Lun Mar 16, 2009 8:30 pm

Gran relato el de la compañia del lobo negro.
Desde mi nacimiento, he tenido un vinculo muy extraño con los lobos. No... los llego a considerar alimañas pues son unos animales muy inteligentes, sociales y con un extraño sentido del honor.
En mi tierra me cruce con alguna manada de lobos, desde lejos, pude ver como alguno se giraba para mirarme y luego seguia su rumbo sin inmutarse.La heraldica de mi familia, de la cual renegue hace tiempo, esta representada como dos lobos andantes, jaquelada de oro y sable uno sobre el otro. Y por otros azares... me marque en la piel la cabeza de un lobo aullando hacia el cielo... todo con motivo de una historia que quizas comparta con vosotros a la lumbre de una hoguera.
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MensajeTema: Re: La historia de la compañia del Lobo Negro parte I   Hoy a las 11:46 am

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La historia de la compañia del Lobo Negro parte I
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