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 Una noche inspirada (relato corto)

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Monfort



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MensajeTema: Una noche inspirada (relato corto)   Dom Ene 17, 2010 9:26 pm

Os paso también al foro de ACHA un relatillo que escribí hace muuuuchos años y que quedó tercero en un concurso al que lo envié. Espero que os guste...

UNA NOCHE INSPIRADA

Llovía en la calle en aquel atardecer de febrero y el tiempo era muy frío, pero en el coqueto salón de estilo victoriano se estaba bien. Un tronco crepitaba alegremente en la chimenea y el ambiente era cálido y muy acogedor. Un verdadero hogar. Patricia Warren tuvo un escalofrío de placer...

- ¿Té o café?, preguntó el señor Hampston desde la cocina.
- Café, gracias, respondió la periodista con una sonrisa.

Oliver Hampston, bombero retirado de la pequeña ciudad de New Portland, con setenta y cinco años y casi cuarenta de experiencia en el cuerpo, regresó al saloncito llevando en sus manos temblorosas la bandeja con la cafetera, el azucarero y dos tazas con sus correspondientes platos y cucharillas. El anciano denegó amablemente el ofrecimiento de ayuda que le hizo la joven (¡Oh, gracias, no se preocupe, me defiendo bien en la cocina aunque le parezca lo contrario!), colocó la bandeja sobre la mesa circular del saloncito y sirvió los cafés.

- Y bien... ¿qué puedo hacer por usted, señorita...?
- Warren. Patricia Warren, - dijo la muchacha dándole cordialmente la mano. Perdone usted por no haberme presentado antes... Verá, estoy haciendo un reportaje sobre el cuerpo de bomberos de New Portland y a lo largo de mi investigación me han dicho que usted estuvo implicado en uno de los casos de salvamento más curiosos que se conocen... ¿Sabe a qué me refiero?

Hampston dudó un momento. Cuarenta años en uno de los cuerpos de bomberos más prestigiosos del condado están llenos de experiencias que se agolpan en la memoria sin orden ni concierto. No obstante, reflexionando con detenimiento, echando la vista atrás en el tiempo, el anciano logró traer al presente el caso al que se refería la joven periodista. Hacía bastante ya, y así se lo hizo saber a Patricia con una expresión de sorpresa:

- ¡Dios mío, claro que sí! ¡Por supuesto: el rescate de la viuda Doolittle! Pero de eso hace más de veinticinco años, ya casi ni me acordaba... Y tiene usted razón, señorita Warren: fue una de las aventuras más curiosas que pueden ocurrirle a un bombero...

Los ojos de Oliver Hampston estaban ahora muy lejos... Mientras la periodista lo observaba con una sonrisa en los labios, el anciano bombero retirado retrocedía a los años 60, cuando New Portland apenas tenía diez mil habitantes y el cuerpo de bomberos lo formaban apenas una docena de voluntarios... La muchacha interrumpió la ensoñación del hombre:

- ¿Le importaría contármelo con detalle?. Hace seis meses, el 14 de agosto - la joven revisó sus notas - me entrevisté con Anthony McGregor, el actual jefe de bomberos, y fue el primero que me habló de usted... Desde entonces he oído rumores de boca de algunas personas que estuvieron implicadas en esa historia, y todas me han dicho que todo el mérito fue suyo...

- ¿Mío? - dijo Hampston con sorpresa - ¡Por Dios, qué exageración! ¡Si ni siquiera me moví de la centralita...!, rió el anciano con sorna.

- ¿Cómo? - Patricia casi deja caer la taza de café de sus manos - ¡Por favor, señor Hampston, tiene usted que contármelo! ¿Le importa si grabo sus palabras?

- Bueno, no estoy acostumbrado a estos aparatos modernos, pero haga lo que quiera, no me importa. En fin, si tanto le interesa...

La periodista puso en marcha una pequeña grabadora y el anciano caballero comenzó a contar la historia del salvamento de Margaret Doolittle...

***

Era la noche del 23 de julio de 1965 y en la centralita de teléfonos del cuartel de bomberos de New Portland se encontraba de guardia el oficial Oliver Hampston, de 45 años. Tal vez resulte difícil creer que todo un teniente de bomberos estuviese a cargo de la centralita de teléfonos, pero en aquella época el New Portland Fire Department tenía un bajísimo presupuesto y Gretel, la telefonista, trabajaba sólo en horario diurno, así que alguien tenía que hacerse cargo de las emergencias durante la noche... Lo hacían por turnos, y esa noche le había tocado a él. No había más misterio: o se hacía así o más valía que no se te incendiase la casa entre las siete de la tarde y las ocho de la mañana...

La guardia estaba resultando tranquila (las únicas urgencias habían sido el horno de Peggy Ronaldson, que se había prendido fuego, y un borracho encaramado a un árbol que no podía bajar de la propia trompa que llevaba) para los seis bomberos del retén, que jugaban a las cartas o dormitaban en el piso superior del cuartelillo. Fue a eso de las tres cuando Hampston recibió, según sus propias palabras, la llamada más extraña que jamás había contestado. Al principio nadie respondió, pero a los pocos segundos el bombero pudo oír unas palabras balbuceantes:

- ¡Ayyudda... por fav...! ¡Socorr...!
- ¿Quién llama? ¿Dónde está usted, qué le ocurre? – preguntó alarmado.

Parecía una persona mayor, una anciana, y parecía estar en graves apuros. La voz que Oliver había oído era la de una mujer a la que le faltaba la respiración, víctima tal vez de un ataque de asma, un infarto o algo parecido... Entonces escuchó el sonido sordo de un cuerpo que cae al suelo y un golpe seco pero amortiguado. ¡Oiga, puede escucharme? ¿Señora? ¡Necesito que me diga dónde está usted...!. Pero nadie respondió. Sólo se oía una respiración apagada... El teléfono había quedado descolgado, posiblemente sobre una mesilla o sobre la moqueta del suelo o una alfombra (el golpe había sonado suave, no como un choque seco contra un suelo duro) Era evidente que la pobre mujer estaba muy mal y tenía muy poco tiempo. Había llamado a los bomberos, quizás porque era un número sencillo de recordar, y ahora la pelota estaba en su tejado. Hampston pensó muy deprisa. Había que localizar a la mujer. ¡Y rápido! Una idea se abrió paso en su mente y, de inmediato, se puso en marcha...

Las alarmas sonaron por todo el cuartelillo y los seis bomberos descendieron rápidamente por la barra de emergencias. Pero antes de que se montaran en el coche, el teniente les llamó y les expuso la situación con toda la claridad posible:

- No sabemos dónde está ni cómo se encuentra, pero como no tenemos tiempo ni medios para localizar la llamada, esto es lo que vamos a hacer: Charlie y Jim irán en un coche, Corney y Jack en otro y Bob y Stan en el tercero. Saldréis con las sirenas a todo trapo y recorreréis despacio las calles de Kenton Park, Little Venice y Newchappel. Son los barrios residenciales de la ciudad: la mujer ha dejado caer el teléfono sobre una alfombra o una moqueta, y no me imagino a un obrero de Critton Road o a un traficante de heroína del puente Hound con una alfombra de una pulgada de grosor en el salón de su casa. Estaremos en contacto constante por radio y me mantendré pegado al teléfono. Estamos a treinta y dos grados, así que la buena mujer debe tener alguna ventana abierta. Si es así, escucharé el sonido de vuestras sirenas. En cuanto os diga por radio que paréis, lo haréis de inmediato. Luego ya os indicaré... ¿de acuerdo?

Los bomberos de New Portland no tenían un pelo de tontos, afortunadamente para la viuda Doolittle. En menos de dos minutos, tres coches de bomberos patrullaban a velocidad reducida pero con las sirenas a toda marcha los tres barrios burgueses de la ciudad. Mientras, Hampston trataba de tranquilizar a la mujer por teléfono con la esperanza de que aún pudiese oírlo... Entonces lo escuchó: a lo lejos se oía una sirena con la cadencia y los tonos de la de bomberos. El oficial transmitió por radio: ¡Atención, a todos los coches, avanzad muy despacio ahora! La sirena se oyó cada vez más fuerte, hasta que hubo un instante en que parecía estar al lado del auricular... ¡Detenéos, ahora, ahora, en seco! ¡¡¡Stop!!!. Los coches se detuvieron. El astuto teniente pasó al siguiente punto del plan:

- ¡Charlie, Jim: parad la sirena!... Por el teléfono seguía oyéndose el ulular de una sirena de bomberos.
- ¡Corney, Jack: silencio!...

... Y en ese maravilloso instante se hizo el silencio también en el teléfono. El coche nº 2, informaron sus ocupantes, estaba en la calle Chester Arthur del barrio de Newchappel, donde vivía la mujer que agonizaba. El resto fue sencillo: la gente, alarmada por el estruendo de las sirenas, estaba asomada a los balcones y docenas de luces iluminaban las ventanas de los edificios, así que los bomberos Corney Dubowsky y Jack Stappleton pidieron a todos por megafonía que apagasen las luces. Todo quedó a oscuras... a excepción de una ventana del segundo piso del nº 5 de la calle. Concretamente, el segundo B. El piso de Margaret Doolittle... Habían pasado veinte minutos desde que ésta descolgara el teléfono.

***

- Le salvamos la vida. Había sufrido un infarto, y gracias a nuestra rápida intervención la ingresaron en el hospital y la atendieron convenientemente. No llegué a hablar con ella, aunque esa noche me gané el ascenso a capitán... - sonrió el anciano satisfecho, dando un sorbo a su taza.

Patricia observó con admiración al viejo bombero. ¡Señor Hampston, eso fue algo genial!, dijo. ¿Cómo se le ocurrió...?. ¡Bah!, el hombre le quitó importancia a su relato: Fue una noche inspirada, nada más. Un tiro al azar que salió bien de milagro... ¡Le sorprendería saber la cantidad de veces que he metido la pata desde entonces... Jajaja...! El veterano se carcajeó a gusto...

Tras acabar su café y apagar la grabadora, la chica se despidió del veterano bombero con un fuerte apretón de manos. Cuando la joven periodista estaba ya en la puerta de la casa dispuesta a marcharse, Hampston la miró y le dijo: Señorita Warren... usted no ha venido sólo a que le contase esta historia, ¿verdad? ¡Si la conoce todo el pueblo...!

Patricia Warren sonrió con dulzura al anciano, le dió un espontáneo beso en la mejilla y respondió:

- Por supuesto, amigo mío. Siempre había querido conocer al hombre que salvó la vida de mi abuela Margaret. Es una de esas cosas que te devuelve la fe en las personas. Adiós, Oliver, y gracias...

La chica cerró la puerta dejando petrificado a Oliver Hampston en el vestíbulo de su casa, con una sonrisa en los labios y los ojos muy abiertos. En la calle había dejado de llover...

Enrique Villuendas Salinas
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Templarknight



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MensajeTema: Re: Una noche inspirada (relato corto)   Lun Ene 18, 2010 6:38 pm

Excelente maese..... Smile
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